Lluvia, olas de calor y un portaloo en medio del desierto

Lo bueno, lo malo y lo feo de ganar una prueba de ultraciclismo en Norteamérica

Una ultra es una experiencia única. Cuando llevas una semana sobre la bicicleta haciendo una media de 300 km al día, el espacio y el tiempo se difuminan, y todo lo que sientes —desde tus emociones hasta el cansancio— se intensifica como si estuviera potenciado por esteroides.

Aun así, cuando has participado en 19 eventos de estas características, podrías creer que ya lo has visto todo. Sin embargo, a Ulrich Bartholmoes («Uba» en adelante), uno de los integrantes de Ride Crew, no le cabe ninguna duda de que decir eso sería precipitarse.

Esta historia empieza cuando Uba llevaba recorridos 2000 km del Tour Divide, una competición de autosuficiencia de 4418 km que sigue la Great Divide Route, desde Banff (Canadá) hasta Antelope Wells (Nuevo México).

«Estábamos atravesando la Great Divide Basin, en Wyoming, cuando empezó a llover», recuerda.

En ese momento, él y otros dos ciclistas se encontraban en el centro de la cuenca, rodeados por unos 150 km de barro. Pedalear se había convertido en una tarea imposible, e incluso empujar la bicicleta con los pies recubiertos por una gruesa capa de barro era toda una gesta.

«Fue una locura. Durante unas horas, avanzamos a una velocidad de entre un kilómetro y un kilómetro y medio por hora», recuerda Uba. «Y cuando reparas en que solo tienes comida para 15 horas, los nervios empiezan a aflorar. Si, además, haces los cálculos y descubres que todavía te faltan 70 kilómetros y que no estás avanzando más que un kilómetro cada hora, te das cuenta de que las cosas podrían complicarse mucho».

Los tres estuvieron de acuerdo en que debían seguir adelante, ya que no había ningún poblado ni refugio cerca. Había oscurecido, la temperatura rondaba los 7 u 8 °C, hacía viento, llovía y estaban empapados. Si se detenían, corrían el riesgo de entrar en hipotermia.

Entonces, como aparecido de la nada en un páramo de barro y pequeños arbustos, un oasis de lo más inaudito se materializó delante de sus ojos: un baño portátil.

«Su presencia ahí no tenía ningún sentido», explica Uba. «Cerca no había ninguna obra ni poblado, nada en absoluto. Pero ahí estaba, un baño en el medio de la cuenca. Y era el único refugio en kilómetros. Así que entramos los tres y permanecimos en su interior durante las 10 horas siguientes. ¡Menuda experiencia!».

Acordaron por unanimidad que solo usarían el baño portátil como refugio para pasar la noche. Si alguien tenía que hacer sus necesidades, saldría fuera.

«Puede parecer de mal gusto, pero en este tipo de competiciones hay que alimentarse constantemente. Siempre que puedas. Así que ahí estábamos, encerrados en un baño y comiendo chocolate y patatas de bolsa. La imagen era surrealista, pero cuando estás ahí, sentado y envuelto en la manta isotérmica, te olvidas de que estás en un baño, porque la verdad es que no tienes esa sensación».

Lo único que podían hacer era esperar a que la noche pasara lo antes posible y el suelo se secara. Intentaron ponerse en marcha a las 6:00 de la mañana y de nuevo a las 7:00, y cada hora a partir de entonces. Sin embargo, no fue hasta las 9:00 que por fin pudieron dejar el baño atrás.

«Tuvimos que empujar las bicicletas dos horas más, pero al menos estábamos avanzando», explica.

Llevaba una semana entera haciendo mal tiempo y había empezado a llover el primer día, cuando tan solo habían recorrido 150 km. Todos los días llovía de forma intermitente durante al menos la mitad de la jornada, y cada día era una repetición del anterior: esquivar charcos, quitarse la ropa de lluvia cuando dejaba de llover y volver a ponérsela cuando empezaba de nuevo, con los pies y el calzado mojados en todo momento.

En retrospectiva, la Unbound XL, donde Uba había acabado tercero solo nueve días antes de tomar la línea de salida en Alberta, fue un buen entrenamiento para la dureza del Tour Divide. Si bien el tiempo mejoró durante la segunda semana, Uba tuvo que luchar contra un fuerte viento de cara en Colorado, aunque consiguió evitar por los pelos la peor parte de una intensa ola de calor que asoló Nuevo México con temperaturas de hasta 45 °C.


»Pero en esas situaciones, tienes que centrarte en por qué estás ahí, en cuáles son tus objetivos. Para mí, abandonar no era una opción. No estaba enfermo, no había sufrido ninguna lesión grave y la bicicleta no estaba rota. Solo estaba abatido»

Y eso es justamente lo que hizo: seguir adelante. Al final, acabó el Tour Divide en primera posición con un tiempo de 14 días, 3 horas y 23 minutos. Al preguntarle por qué participa en ultras y cuáles son sus objetivos, lo primero que sale de sus labios es una broma: «No lo sé. ¿Quizá porque no tengo nada mejor que hacer?». Pero luego confiesa que, para él, este tipo de competiciones son una aventura «a la que te lanzas de cabeza y que te permite crear recuerdos que te acompañarán toda la vida. Al final, te sientes orgulloso de haber conseguido superar todos los obstáculos que hicieron que la experiencia fuera tan dura».

Aunque eso signifique pasar una noche entera con dos desconocidos en un baño portátil.

Photos: Nils Längner, Bikesordeath.com and Ulrich Bartholmoes

La bicicleta

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